El cuerpo es la moda

 

La moda representa variaciones sobre el mismo tema: la seducción. Consiste en hacerse notar para comunicarse con disfraces y caretas dejando entrever que el reclamo podría ser el inicio de una bonita historia. Sus últimas variaciones han subido el tono de la provocación conforme resulta más difícil ser espontáneo, entablar relaciones personales y darse a conocer en medio del individualismo de masas que deja invisible a quien no destaque. No extraña. A más incomunicación y menos alternativas, más necesidad hay de resarcirse con las modas que, aparentemente, permiten expresarse sin restricciones, emanciparse de algún modo. Hay quien renuncia a entrar en el integrador juego de atracciones que es la moda, y quienes (tribus urbanas) visten lo estrafalario para autodefinirse y reclamar alguna atención. Pero la tendencia general impulsa a colmar con la moda las carencias, fetiches y anhelos. Y en eso estamos.

 

En una psicoterapia individual y colectiva que, para liberarse, recurre al desnudo recortado por la industria de la moda y estrenado en líneas de transgresión (pasarelas, playas, fiestas de noche, publicidad) para luego dejarlo ver sin complejos en los cotidianos escaparates, siempre que lo exija el guión.

 

El cuerpo se convierte así en el recurso más a mano para seducir, para promocionarse (Full Monty), para romper el cerco de la incomunicación y para autoafirmarse sobre el espejo móvil de las miradas ajenas. Su revalorización estaba cantada desde que el sexo, la belleza física, la juventud y la provocación visten o complementan la identidad de quien intenta destacar o ser aceptado por un mundo erotizado y no presidido por valores trascendentales. Además, el cuerpo de moda también viste al dinero de la bonanza económica y a su clase social que marca distancias no democratizando sino imponiendo el aspecto. Es como una gran conjura en la que participa el negocio de la belleza con etiquetas, top-models y diseñadores que ponen el toque de glamour.

 

La moda ya no consiste sólo en el cambiante refugio de la identidad para quien se tranquiliza sintiéndose bien vestido. Desde que ha descubierto el valor del cuerpo, la moda se funde con él exhibiéndolo por sí mismo como objeto de belleza y deseo. Lo resalta porque de él depende la posibilidad de expresarse en una cultura tan dominada por la imagen y tan falta de relaciones personales como sobrada de anónimos cruces de miradas.

 

Su principal recurso es el cuerpo joven, sano y atractivo, primordialmente el femenino, todavía más versátil si encima lo aligeran de ropa y lo idealizan con modelos, logotipos y publicidad. Sin renunciar a ninguna otra opción, la moda tiende más a pegarse materialmente al cuerpo, como su segunda piel, pues lo expone en ropa interior y lencería, en prendas ajustadas, en tejidos sensuales y en transparencias. Amén de en la contundencia de los escotes, microfaldas y recortes atrevidos que convierten al cuerpo en el centro de atención por la excitación y curiosidad que el desnudo integral no puede aportar. La moda también se pega al cuerpo median te el tatuaje, el piercing, los finos tirantes, la magnética (perfume) y acicalada cosmética y la cincelada forma muscular de gimnasio.

 

El cuerpo ha dejado de ser el maniquí de la guardarropía de moda. Hoy es la moda, está de moda una vez despojado del pudor, del recato y del sentimiento de culpa. Desinhibida y sin malicia, la moda tan ceñida al cuerpo puede abiertamente visualizar lo oculto e íntimo siempre que le dé un toque de misterio o sofisticación por muy extravagante que sea. Consiste en hacerle hablar al cuerpo sin necesidad de danzar ni gesticular, basta con desvelar unos centímetros y resaltar otros atrayendo la atención sobre los puntos considerados de más gancho. Todo, menos llegar a desnudarlo, porque ello supondría humillarlo, romper su hechizo. Este corte al desnudo lo ha dado la identificación de la moda con el cuerpo. Y, con transgresión, dicta lo que puede exhibirse socialmente para responder, entre otras, a las necesidades de variación erótica, de hacerse desear, de provocar, de contactar.

 

Poner el cuerpo de moda es un recurso emancipador en la medida que compensa ciertas carencias y ofrece nuevos márgenes de expresividad compaginables con modas que sugieren sin destapar tanto o que atraen la atención sobre la indumentaria misma. Sin embargo, el cuerpo de moda viste sus servidumbres hechuras que impiden emanciparse a quien se exhibe. Hace tiempo que pasó la moda de los corsés, fajas rígidas, faldas de tubo, abalorios y oropeles que paralizaban y "mutilaban", cuando ahora el cuerpo glorificado por el exhibicionismo es, a su vez, sacrificado con vestidos embarazosamente cortos, con la tiranía de la silueta (anorexia), con los inestables tacones de aguja que potencian el escote y con una publicidad sexista que recurre a la moda pegada al cuerpo. Son algunas de las contradicciones del cuerpo de moda que promete liberar cuando, en realidad, depende estrechamente de una frívola imagen no exenta de tanta o más sumisión y exigencias que las viejas modas.

 

 

Fuente: Nuestro tiempo

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